UN CUENTO DE INVIERNO
- Papá, ¿qué ocurre? – preguntó Clara tiernamente -.
Mientras su padre oprimía su pecho intensamente respondió:
- Clarita, vete a dormir. Ya es tarde.
Clara, consciente de que algo pasaba, fue a su habitación. ¿Por qué su padre actuaba de esa forma? ¿Acaso le pasaba algo? Quería saberlo pero él, él no se lo iba a decir. Así que se acostó y trató de dormir un poco. Pero seguía dándole vueltas a la cabeza. <<¿Y dónde porras está mamá?>>, se preguntó.
Cinco minutos más tarde llegó su madre.
- Ramón, soy yo, ya he llegado.
- ¡A buenas horas! He estado en el cuarto de Clara, intentando tranquilizarla.
- Bueno, siento mi retraso. Cenemos y te lo cuento.
Pasaron dos horas; sonó el viejo reloj de cuco marcando las 0:00. Clara estaba adormilada, se había tranquilizado un poquito, pero de repente oyó:
- ¡¡¡Prampppp!!!, ¡¡¡cuuccpruffzz!!! – adiós al viejo reloj de cuco -.
- ¡¡Papáaa!! ¡¡Mamáaaa!! – gritó la asustada Clarita.
- Tranquila, no pasa nada, soy yo, Papá.
- ¡¡Dónde está Mamá!!, ¡¡dónde está Mamáaaa!!
- Estoy aquí cielo, estoy a tu lado.
- ¡¡Qué ha sido eso!! – exclamó Clara -.
- Nada, no ha sido nada, tu madre ha tropezado con el reloj y se ha roto. Compraremos uno nuevo; además estaba muy viejo…
- ¡Quiero que os quedéis conmigo a dormir!
- No cielo, ya eres mayorcita – respondía la madre -, ya tienes edad para…
- ¡¡¡Que os quedéeeeis!!!
- Vale hija, tranquila, nos quedamos – concluyó el padre, al tiempo que le hacía señas a su esposa sin que se percatara la pequeña -.
Al cabo de veinte minutos Clara dormía profundamente…
- Blanca, hay que tener más cuidado, Clara está muy susceptible, nerviosa…
- Tienes razón, no debe enterarse de nada, o si no…
- Debemos damos prisa, no quiero que suceda lo del año pasado, con lo de su abuelo lo pasó muy mal. Con 6 años no debe enterarse de estas cosas, es muy joven.
- Tranquilicémonos, ya nos falta poco, crucemos los dedos para que no se despierte y lo sepa todo. Sería…
“…un duro golpe para ella”, aseveraron al unísono. Eran cerca de las 3:00 y los padres continuaban con lo que estaban haciendo, sin provocar ningún ruido. Ya ni temían que el viejo reloj de cuco perturbara a Clara. A las 3:13 acabaron. Se fueron bostezando a su cuarto. El padre, al mirar la hora, soltó un premonitorio “¡¡Ufff!!”, veía muy cerca la hora de despertarse para ser domingo.
Clara se mantenía en su estado onírico. Pero a las 5:34 empezó a abrir los ojitos. Se decía a sí misma que era demasiado temprano, que debería dormir más, que podría llevarse una desilusión como la del año pasado con su abuelo (eso era lo que más le preocupaba), que … y así muchos “que”. Finalmente se armó de valor. Fue a oscuras, palpando las paredes, rozando con los muebles, con un nudo en la garganta, hasta que llegó al salón, respiró hondo, encendió la luz y…
- ¡¡¡AAAHHH!!! – otro chillido de Clara-.
- ¡Clara, hija, qué pasa! – gritó su padre -.
- ¡Qué bien, la Barbie Superstar que quería, y el ordenador, y el osito de peluche, y un nuevo reloj despertador electrónico, y…!
- Esta vez – comentó el padre a la madre – sí que lo hemos hecho bien. Creo que Clara va a pasar su mejor día de Reyes. Dile a tu padre que se olvide de disfrazarse de Papá Noel para siempre.
- La verdad es que sí, le hubiese reconocido hasta un ciego -respondió la madre -. Pero, ¿y si probara de Rey Melchor?